Costa Cambrils

Obligado a desmontar su bar de playa tras 40 años al frente

La nueva licitación obliga a Ramon Sorrius a dejar el trabajo de toda una vida al frente del Blau Marí, en Vilafortuny

Francesc Joan

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Ramon Sorrius junto a su histórico chiringuito, el Blau Marí de Vilafortuny, durante su desmontaje, la pasada semana. FOTO: ALBA MARINÉ

Ramon Sorrius junto a su histórico chiringuito, el Blau Marí de Vilafortuny, durante su desmontaje, la pasada semana. FOTO: ALBA MARINÉ

«Era imposible continuar con las condiciones que pusieron en la licitación. Son inviables económicamente. Por eso nadie de la asociación se ha presentado». Habla Ramon Sorrius Santacruz (Cambrils, 62 años), quien durante estos días se desprende de todos los enseres que formaban parte de su chiringuito, el Blau Marí, situado en la playa de Vilafortuny, junto a la calle Pineda.

El suyo era uno de los históricos del municipio y Ramon, el integrante de la asociación con más años al pie del negocio, casi 40. «Aquí en el Blau Marí he estado desde los 24 años; primero como caseta de venta de helados, y desde los años noventa como chiringuito; aunque antes ya había trabajado en verano también en el chiringuito Vilafortuny de mi padre (Josep Sorrius Borràs) -de los 16 a los 23 años- y de más pequeño aún, alquilando patinetes de agua», recuerda, mientras detalla qué será ahora del chiringuito. «La caseta se la llevarán a una finca de La Secuita, servirá como trastero. Me han dado 800 euros por ella. Por la estructura metálica y las maderas con los que montábamos la terraza, otros 400 en Miami Platja; y por el mueble nevera y una freidora, 400 más; seguirán funcionando en un local del mismo Cambrils», explica.

«Pusimos el anuncio en Wallapop y Facebook y aunque está malvendido, nos urgía. De lo contrario me hubiera tocado pagar ya mismo 1.000 euros por el transporte del chiringuito en camión y otros 800 de alquiler del espacio para guardarlo en invierno. Es una pena acabar así, pero yo no tenía otra opción», añade.

Es ahora, con el cierre, cuando a Ramon Sorrius le vienen a la memoria muchísimos recuerdos. «La gente cree que en el chiringuito ganamos y ahorramos mucho, y realmente no es así; son muchas horas y todo está concentrado en los meses de julio y agosto», deja claro de entrada.

En su caso ha ejercido en todos los puestos al lado de su mujer y de su hija, y de los empleados con quienes ha sacado adelante el chiringuito. «Tuve que aprender a cocinar cuando a finales de los ochenta/principios de los años 90 autorizaron a servir comidas. Estuve en los fogones durante unos 20 años, pero al final ya me estresaba mucho; luego mi madre me recomendó que estuviera fuera para atender y dispensar un buen trato a los clientes, y es lo que he hecho estos últimos años».

En el Blau Marí lo típico ha sido siempre «el vermut» y las comidas a mediodía, con la fideuà, paella, tapas o el pescadito frito como los platos más solicitados por los clientes. «Esta playa es de maños. Y en nuestro caso los clientes han sido ya la segunda y tercera generación, porque tienen su segunda residencia aquí; les conozo a todos de pequeños y también tenía tratados a su padres», explica Sorrius.

Tal era la confianza que tenía con los clientes fijos que «para que no tuvieran siempre la misma carta durante los 30 días que venían a comer al chiringuito les compraba pescado del día especialmente para ellos. Calamanchín, dorada, rape…. Y siempre me decían que sí cuando se lo ofrecía», admite.

Ramon tenía claro que algún día llegaría la ‘legalización’: «En otros municipios ya ha ido pasando; pero no esperábamos que fuera tan de repente, en plena temporada de verano, y encima después de la pandemia. El verano pasado solo se pudo abrir a partir de 10 de junio; no se trabajó demasiado por las restricciones y el miedo de la gente, y los chiringuitos sufrimos. Ha sido el peor momento para sacar la licitación. Encima, piden cifras desorbitantes, limitan los metros de terraza y el Ayuntamiento no nos ha querido escuchar ni atender».

En su caso tirará de algunos ahorros para cubrir lo poco que le falta hasta la jubilación. Sin embargo la situación es mucho más complicada para otras personas que estaban al frente de los chiringuitos, como es el caso de su propia hermana Noemí (40 años). «Trabaja desde los 18 años en el chiringuito Vilafortuny. Con lo que ganaban y ahorraban en verano ella y su marido podían aguantar todo el año; la situación va a ser dura para gente como ellos tal y como están los trabajos a día de hoy», sentencia.

L'Associació de Xiringuitos de Platges de Cambrils ha presentado un contencioso administrativo contra la actual licitación

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