La bestia mediática

Crónica. El Premio Planeta ha dado una lección de marketing que podría llevarse como ejemplo antológico a todas las facultades de Publicidad

FERNANDO PARRA

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El trío de escritores y guionistas Jorge Díaz, Antonio Mercero y Agustín Martínez. FOTO: EFE

El trío de escritores y guionistas Jorge Díaz, Antonio Mercero y Agustín Martínez. FOTO: EFE

Independientemente de todos los reproches que puedan verterse sobre la verdad literaria del Premio Planeta, lo que no podremos dejar de reconocerle al sello es su capacidad ilimitada para generar golpes de efecto mediáticos. En su septuagésimo aniversario, el Planeta ha echado el resto y ha dado una lección de marketing que podría llevarse como ejemplo antológico a todas las facultades de Publicidad.

Todo ha contribuido con perfecta ingeniería promocional al engrandecimiento de su puesta en escena: el cambio de ubicación de la rueda de prensa previa a la cena de gala, que pasó a llevarse a cabo en la impresionante Llotja de Barcelona; la noticia, a medio camino entre la obscenidad y la perplejidad, de incrementar la dotación del premio hasta el millón de euros, convirtiéndolo en el galardón más importante del mundo desde el punto de vista económico (tal fue el estupor que generó la primicia que por primera vez en la historia del Premio solo se registró una pregunta durante la rueda de prensa); la presencia de los Reyes en la cena de gala; la solemnización de ésta al trasladarla al Museu Nacional d’Art de Catalunya; y para culminar la pirotecnia con una memorable traca final, la concesión del premio a la misteriosa y exitosa Carmen Molas, con la consiguiente revelación de su identidad oculta que, para rizar el rizo corresponde a tres personas, los guionistas Jorge Díaz, Antonio Santos Mercero y Agustín Martínez.

La jugada maestra se completa si pensamos que Planeta, además, le birla a la competencia una de sus figuras de ventas más relevantes. El propio Jorge Díaz reconoció durante la rueda de prensa posterior a la concesión del premio, que la decisión de salir del anonimato se tomó considerando la posibilidad de ganar el Planeta y hacerlo, por tanto, a lo grande. La condición de guionistas de los ganadores ya preconfigura la estrategia a seguir y que se expone sin pudor alguno: la novela, claro, se convertirá en serie televisiva (y si no, al tiempo) y el sello continuará explotando su filón. Por cierto, que ahora que sabemos que la identidad de Carmen Molas corresponde a tres hombres, supongo que en esas cátedras en las que solamente se ocupan de estudiar a autoras, quedarán automáticamente expulsados del temario y, por lo mismo, sus libros extraídos de sus bibliotecas.

El criterio literario en estos tiempos, ya se sabe, depende del cupo de género y de nada más. La novela ganadora, titulada La Bestia, está ambientada en el Madrid de 1834, en medio de una epidemia de cólera e inmersa en las guerras carlistas, donde alguien se dedica a asesinar brutalmente a niñas.

Todo muy oportuno y exportable a la cinematografía: el parentesco con la actual pandemia y la investigación criminal de un asesino en serie, todo revestido de una pátina historicista que pretenderá legitimar la supuesta seriedad literaria del libro. La finalista, Paloma Sánchez Garnica, con su novela Últimos días en Berlín, reflexiona sobre el daño que ejercen sobre la vida cotidiana de las personas los regímenes totalitarios, abordando el libro tanto el nazismo como el menos trillado estalinismo y entroncando con la amenaza actual de los populismos. Entretanto, la literatura de verdad sobrevive en los circuitos literarios que resisten al adocenamiento a través de las heroicas editoriales independientes y que, como haciendo frente el asesino de la obra ganadora de este año, tratan de no sucumbir a la bestia mediática.

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