Apropiación

El Consejo de Estado turco ha dado la razón a una pequeña asociación religiosa que consideraba que Santa Sofía tiene que dejar de ser un museo y convertirse en una mezquita 

MARTÍN GARRIDO MELERO

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MARTÍN GARRIDO MELERO

MARTÍN GARRIDO MELERO

El sultán otomano Mehmet II o el Conquistador, el padre de los turcos Mustafa Kemal (Atatürk) y el presidente Erdogan están unidos por un edificio. Señalados como ejemplos de las diferentes maneras de entender el país, declarados islamistas o laicos, sin embargo, tienen en común ese edificio y posiblemente otras muchas cosas.

Prueba de estas conexiones es un artículo de Antonio Elorza en El País que lleva por título El segundo conquistador y como ladillo empieza diciendo «Erdogan pretende emular y anular el legado de Kemal Atatürk». El artículo hace referencia a la reciente decisión del Consejo de Estado turco que ha dado la razón a una pequeña asociación religiosa que consideraba que Santa Sofía tiene que dejar de ser un museo y convertirse en una mezquita, anulando una resolución de Consejo de Ministros presidido por Mustafá Kemal en 1934.

Hasta aquí llega mi artículo de hoy. Por una vez (se lo prometo) les dejo a ustedes que construyan su propia artículo con los anécdotas (son solo eso) que les iré dando, y saquen sus propias conclusiones. No se dejen llevar en esas conclusiones por el «mito del Turco salvaje», en el que muchas veces cae la prensa occidental, y que Juan Goytisolo también describió en Estambul otomano («nada más gráfico que la expresión cabeza de turco como sinónimo de chivo expiatorio: el turco, la cabeza del turco, asumía y expiaba nuestros pecados»).

Roger Crowley (Constantinopla 1453, el último asedio) señala que cuando los jenízaros golpean las puertas cerradas de Santa Sofía y entran en su interior es cuando desaparece el imperio bizantino y es sustituido por los otomanos. Mehmet II llegó al templo por la tarde cuando casi todo había sido robado o destruido. Se encontró allí a uno de los últimos soldados que estaba destrozando las losas de mármol, le preguntó sobre su conducta y recibió como contestación «Por la fe». No está clara la respuesta del sultán (algunos aseguran que dijo «el oro es tuyo, el mármol es mío»), lo que si es cierto es que el soldado fue castigado por su acto. Para el Conquistador lo que valía y lo que había que conservar era el edificio.

Mustafá Kemal llegó al final de la I Guerra Mundial a una de las estaciones de trenes de Estambul y se dirigió al Pera Palas Hotel donde se convirtió en un huésped (si se alojan allí y tienen curiosidad pidan al conserje que les deje ver su suite tal como la dejó). A finales del siglo XIX su director tuvo que colgar un anuncio en la entrada advirtiendo a los espías que pululaban por sus salones que debían dejar los asientos a los residentes, extraño anuncio que solo demuestra el interés de las potencias occidentales por apoderarse de los restos del Imperio otomano.

Se cuenta que un día Kemal fue invitado a tomar una copa por unos oficiales británicos, a los a que se limitó a responder: «Nosotros somos los anfitriones, ellos los invitados. Así que son ellos los que deben venir a mi mesa». Empezaba a convertirse en Atatürk («el padre de los turcos»).

En 1920 los vencedores europeos de la I Guerra Mundial exigieron que Ayasofía se convirtiese en Santa Sofía. El arquitecto Edward Hollis (La vida secreta de los edificios) nos da una explicación del cambio a museo: «las jactanciosas potencias europeas, que predicaban a los demás la modernidad y la democracia liberal, mal podrán poner objeciones a algo tan moderno y tan liberal como un museo» y de esta forma se podía evitar al pueblo turco «la humillación de ver Ayasofía convertida en Santa Sofía». Puede que Atatürk, dice Hollis, fuera un secularista radical pero ante todo era un político astuto.

Para Philip Mansel (Constantinopla, la ciudad deseada por el mundo 1453-1924) la victoria de Atatürk fue el ocaso y el final de una ciudad o de un concepto universal y cosmopolita, que quedó subyugada por el surgimiento de un «letal nacionalismo turco». Seguramente este nacionalismo fue una reacción y una defensa frente al intento de las potencias occidentales de repartirse el Imperio Otomano y el surgimiento de otro nacionalismo (el griego). Ambos, en el fondo, supusieron llevarse por delante a los kurdos y a los armenios (que luchaban igualmente por sus propios nacionalismos) y produjeron uno de los mayores desplazamientos de población del siglo pasado. En el Epílogo de su magnífico libro sobre la ciudad, Mansel escribe con tristeza: «En Constantinopla era posible ser a la vez otomano y griego, musulmán y europeo, y considerar la nacionalidad como un medio de vida en lugar de una pasión».

El libro de Hollis elije trece edificios históricos y les da un calificativo. Al Partenón, que fue también iglesia y mezquita, le asigna «Ruina». En cambio a Santa Sofía le denomina «Apropiación». Y escribe que fue en sus tiempos Hagia Sofía, la gran iglesia del Imperio Romano, «su conversión en mezquita es un ejemplo tardío de la apropiación de un edificio antiguo». Todos intentan apropiarse del edificio y, sin embargo, el edificio es un poco de todos, el centro del mundo, en cuyo interior había una piedra llamada Ónfalos que representaba el «ombligo de todo».

Y de todas, quédense con esta anécdota. En el año 2006 el papa Benedicto XVI fue a Santa Sofía (Hagia Sofia o Ayasofía), se paró ante el mihrab y rezó un Avemaría. Al mismo tiempo, los manifestantes islamistas se pararon ante los relieves de los emperadores romanos e hicieron un llamamiento a Alá. Se olvidaron de los nacionalismos, sean religiosos o laicos, y cada uno oró o se limitó a pensar en sus creencias, sin excluir a la de los otros.

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