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LA MIRADA ESPERPÉNTICA

La lucidez anida solo en los rincones improbables. En estos días tan blanco y negro, tan ellos y nosotros, tan sí o no, vale la pena entregarnos a la disciplina cotidiana de reparar en los matices y en las pequeñas cosas

Natàlia Rodríguez

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Natàlia Rodríguez. Foto: DT

Natàlia Rodríguez. Foto: DT

Mis viajes semanales en tren son largos y tediosos. Cuando tengo suerte, me quedo dormida: cachete contra ventana, jeta al sol, si es que sol hay, cosa que el cambio climático nos ofrece con asiduidad inusitada, y un hilo de baba que empieza a perfilar mi camino inexorable hacia una senectud babosísima. Tengo mensajes por responder (casi siempre) aprovecho y entro en modo de taquimecanógrafa de los años cuarenta, redactando malhumorados telegramas en mi telefonino. A veces hablo sola. Con el teléfono a cierta distancia y con unos decibelios que mis vecinos detestan. Acabo susurrando los adioses de turno. Navego, rastreo, con la yema del dedo índice pegada a la pantalla que está sobadísima y llena de una capa de grasilla que no parece desaparecer con nada.

En las ocasiones en que trato de recordar quién fui antes de que Internet se apoderara de mi vida interior, saco un libro y me entrego a las cadencias de otras mentes, agradecida de que existan palabras como éstas de Vallejo: «Y a fuerza de volar en vano, / te holocaustas en ópalos dispersos / tú eres tal vez mi corazón gitano / que vaga en el azul llorando versos».

Y cuando no traigo libro, ni sueño, ni batería en mi diabólico teléfono, saludo a mi horror vacui y me dispongo a convivir silenciosamente con la humanidad. Me concentro, entonces, en observar cómo observan los demás el mundo en torno, a tratar de adivinar lo que los demás miran desde el espacio íntimo y publico que ocupan en él, e imaginar cómo lo organizan y sopesan. Básicamente miro el paisaje monótono por la ventana. Esa zona de Europa es un continuo de campos de colza, remolacha y unos bosquecillos en parches que parecen las trazas de un sarampión que no se curaron a tiempo.

Durante años me aferré, como a un asidero inamovible, al tropo del «esperpento», que Valle-Inclán acuñó tras reflejarse una noche, según cuenta la leyenda urbana, en los espejos cóncavos y convexos del callejón del Gato de Madrid. La idea del esperpento me sirvió largo tiempo para explicarme a mí misma, y a otros, la mirada -compleja, lateral, bizarra, sesgada- que los escritores podían aportar al mundo mediante su oficio: mirar y representar el mundo como a través de espejos que lo deforman, para así, en esa imagen deformada, dibujar los contornos de sus imperfecciones con más claridad y reflejar sus verdades incómodas con mayor lucidez.

Pero hoy en día todo es esperpento, como si hubiésemos cruzado a través de los espejos de Valle-Inclán. No hace falta acercarse un monóculo convexo al ojo para ver la realidad en un ángulo distorsionado. Basta abrir los ojos. No hace falta reproducir el mundo como pesadilla abrumadora para cuestionarlo mejor. Basta despertar y tomar un primer respiro hondo para comprobar que la araña que llevamos dentro sigue ahí, empozada en lo hondo de nuestros pechos, trenzando incansable su tela de angustia.

Hace unas semanas caminaba por la avenida de Bruselas. Me costó unos segundos detectar que en la cuenca de la «o» de la palabra shoes de una tienda multimarca había un nido de pájaro, hecho de palitos, plumas, y posibles restos de colillas de cigarro. Ajena a los transeúntes neurasténicos estuve admirando el pequeño milagro de pasto y plumas. Evidentemente, el pájaro a cargo de la obra había leído a Darwin y a Le Corbusier, y resuelto la ecuación de las bienes: la supervivencia de la especie está en saber capitalizar racionalmente cada centímetro cuadrado.

Reentrenamiento

En sí misma, la actividad de buscar nidos es trivial y ociosa, si no del todo chalada. Pero llevada más allá de su fin inmediato, tal vez constituya una especie de reentrenamiento de la mirada. Y en estos días tan blanco y negro, tan ellos y nosotros, tan sí o no, vale la pena entregarnos a la disciplina cotidiana de reparar en los matices y en las pequeñas cosas. No porque dios esté en los detalles, sino porque la lucidez es un bien escaso que anida sólo en los rincones improbables.

Vivimos del lado del esperpento. Y si no queremos que el hastío nos gane, que la desidia nos gane, que la infelicidad nos gane, tenemos que volver a inventar una mirada. Salir y buscar nidos de pajarillos escondidos entre los entresijos de nuestra ciudad.

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