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Libertinaje

En elecciones, lo normal es votar en contra. O al que menos asco te dé. Al que parezca menos estafador

ROSA BELMONTE

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Rosa Belmonte

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Estamos de acuerdo en que hay que exagerar para que te hagan caso. ¿Quién va a quitar la razón a Churchill sobre que el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio? Resulta curioso como las nuevas monjas pretenden meternos miedo con las monjas de toda la vida. Mi mayor pesadilla no es que no he aprobado el Derecho Administrativo II sino que vuelvo al colegio.

Mónica García, la candidata de Más Madrid, ante la posibilidad de un Gobierno de Ayuso y Monasterio, dice: «No quiero que mis hijos vuelvan a la Sección Femenina». Hombre, sería extraordinario que a los chicos también los metieran en la Sección Femenina. Eso sí que sería cosa de sacarse la pistola y el pin y pon parental. La Sección Femenina, tócate. Exageremos. Pero, espera, que llega Pedro Sánchez y suelta que en Madrid se confunde libertad con desmadre. Juro que es como las monjas de mi colegio: «Confundís libertad y libertinaje». En lugar de esa camiseta que lleva Bea Fanjul de «Comunismo o libertad», me gustaría una de «Libertad y libertinaje». Las dos cosas. No sé por qué hay que desdeñar una.

En unas elecciones es raro que puedas votar al que más te guste. Lo normal es votar en contra. O al que menos asco te dé. Al que parezca menos estafador. Leo que ese tipo que estafó a no sé cuántas mujeres «se aprovechó de la presión social que sufren las solteras». ¿Eso qué estupidez es en el siglo XXI? Hace un tiempo había otro con los mismos métodos y camelos al que llamaban «el estafador del amor», como si el amor no fuera ya una estafa. Igual que lo es la democracia. Pero la libertad (más bien el libertinaje) nos empuja a entregarnos a quien nos dé la gana.

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