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Por qué soy un matriota

Un matriota es un partidario de que cualquier persona, cualquier mujer, vaya a cualquier hora del día y de la noche donde le dé la gana sin que su soledad andante sirva de pretexto para el acoso de un canalla

LLUÍS AMIGUET

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LLUÍS AMIGUET

LLUÍS AMIGUET

Nos cuenta una alumna extranjera en la URV lo bien que se siente en Tarragona, tan familiar y amable, y lo mal que lo pasó el día en que se fue a ver a unas amigas a Barcelona y se perdió en la línea de metro. Salió en un barrio desconocido, de noche, y lo primero que oyó al pisar la calle fue una sarta de groserías en un idioma que desconocía. Después se perdió aún más en un laberinto de callejuelas estrechas y se sintió seguida con los ojos y después perseguida. Nos lo cuenta en el aula y acaba con una reflexión estremecedora: «Me sentí como en el toque de queda chileno, porque las mujeres en cualquier país estamos condenadas a vivir en toque de queda y a que nos consideren culpables sólo por ir solas por la calle de noche».

Se juntan estas reflexiones con las de Manuel Blanco Desar en Fuxir de Proxeria: «Dinme conta que o verdadeiro patriotismo hoxe é o matriotismo: dar vida nova ao país, xa non dar a vida por él, nin moito menos envolverse na bandera».

Y me siento, con Manuel y con mi alumna, matriota, un matriota de arriba abajo. Un partidario sin condiciones de que cualquier persona, cualquier mujer, sea cual sea su origen y destino, vayan a cualquier hora del día y de la noche donde les dé la gana sin que ni la hora ni el lugar presupongan nada y sin que su soledad andante sirva de pretexto para el acoso de ningún canalla.

Y cuanto más matriota me siento, menos partidario de los excesos amparados por himnos y banderas nacionales; de exaltaciones tribales y exhibiciones callejeras de la fuerza de la manada que acaba conduciendo al choque de patriotas, que no es un videojuego, sino una historia destructiva que se ha ido repitiendo desde que existimos.

Por eso al auge tribal y agresivo de los nuevos patriotismos que tensan nuestra convivencia hay que oponerle otro concepto en positivo, el matriotismo, que nace para emocionar y emocionarnos. Porque:

1) El patriota convierte su origen en su destino. Y el hecho casual de nacer en algún sitio, en un mandato irrenunciable que convierte a quienes no lo siguen en traidores. Se siente como los de Bilbao, que no nacen donde les toca, sino donde les da la gana. El matriota, en cambio, sabe que su lugar de nacimiento es tan especial como el de cualquiera y que todos merecen su cariño.

2) Nada se parece más a un patriota español que un patriota catalán y los dos a cualquier otro patriota, porque todos se entregan a la lógica binaria del nosotros o ellos; patria o muerte; patriota o traidor; hasta convertirla en única: un solo pueblo; una sola cultura; una sola patria; un sólo líder. El matriota, en cambio, adopta la lógica difusa y siente que todos somos un poco de todas partes hasta pactar hasta cierto punto con cualquiera que le ofrezca algo mejor que lo que tiene.

3) El patriota vive del sueño irrenunciable de una patria perfecta tras alcanzar la plenitud soberana, algo así como el cielo patriótico. Mientras tanto, ningunea a quienes no la sueñan por considerarlos engañados por el enemigo –siempre tiene uno– que le convierte a él en víctima y a ellos, en cómplices. El matriota disfruta del aquí y ahora y celebra la diversidad y complejidad del país real, que también incluye a los patriotas.

4) Pero, sobre todo, los matriotas creemos que el primer deber de cualquiera administración es que la calle es de todos y, muy especialmente, de todas. A cualquier hora.

* Periodista. Lluís Amiguet es autor y cocreador de ‘La Contra’ de ‘La Vanguardia’ desde que se creó en enero de 1998. Comenzó a ejercer como periodista en el Diari y en Ser Tarragona. 

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