No te lo perdonaré jamás, borrasca Filomena. Jamás

Atrapada en Madrid. Historia de una pequeña odisea para 
poder volver a Reus tras ir a la capital a visitar a un familiar

Salvat Jordina

Whatsapp
No te lo perdonaré jamás, borrasca Filomena. Jamás

No te lo perdonaré jamás, borrasca Filomena. Jamás

Todos pensábamos que 2021 no podría comenzar peor que el 2020. Y en los trece días que llevamos permítanme decir que, al menos periodísticamente, este año también nos promete episodios dignos de una serie de ciencia ficción. Uno, el muy americano asalto al Capitolio, sobre el cual prefiero ahorrarme opiniones. El otro, el temporal Filomena –oye, qué mala pata que las peores tormentas lleven nombre de mujer–, que estoy viviendo en propia piel en una de las zonas más afectadas. Sin querer yo hacer comparación de agravio con ninguna de las desgracias de 2020, tengo que decir que una nevada anunciada ha destapado todas las vergüenzas de las infraestructuras de este país, por lo que mi regreso a Reus desde Madrid está siendo una verdadera odisea. Ante todo, debo aclarar que no estoy en Madrid para hacer turismo, sin querer entrar en temas familiares que seguramente muchos podrán comprender. La estancia tenía que durar del 4 al 8 de enero, justo el día en que Filomena prometía cubrir de blanco sus calles. A día de hoy, sigo ‘atrapada’ allí.

Las vivencias han demostrado los contrastes que ya vivimos cuando llegó la Covid-19: por un lado, el lío y la poca capacidad de reacción de las instituciones en la gestión de una crisis (ahora climática), y por otro, la perspicacia de la sociedad.

Decidí intentar volver el viernes, como tenía previsto, pues solo hacía un día que nevaba y la postal aún estaba muy lejos de los 40 centímetros de nieve acumulados con los que despertaríamos el sábado. Renfe no había cancelado ningún trayecto, como tampoco se habían cerrado aún las principales carreteras de acceso a Madrid –yo me encuentro en Las Rozas, una ciudad sin metro a 30 minutos en autobús de la capital. Nada más subir al coche, tuve que dar media vuelta: una furgoneta había colisionado con un autobús, y tres coches que chocaron entre sí cerraban el paso. Pero mientras la escena se repetía en las distintas salidas del pueblo, muchos jóvenes corrían a buscar su trineo de nieve. Llamé a Renfe para hacer un cambio de billete. Opción que les pareció sorprendente. Una hora más tarde cancelarían todos los trenes con destino o procedencia de Madrid, todos los vuelos del aeropuerto Madrid-Barajas y centenares de coches se quedarían atrapados en la M-30. Al llegar a casa de mis familiares me encontré con otros cuatro «refugiados climáticos». Dos de ellos vivían en el mismo pueblo de Las Rozas. Otro, a 17 kilómetros. 

Sin noticias de Renfe, a primera hora del sábado volví a llamar para confirmar mis pronósticos. Tras 40 minutos de espera, se me comunicaba que a las 12 horas habría una reunión del Ministerio en la que se decidiría si se podían o no utilizar las vías. Parecía que no querían decirme nada más. Mi tren salía a las 13h. ¿La solución en medio de una completa incomunicación por carreteras y vías del tren?: «Ven a taquillas». Además, los cambios de billete no aplican descuento si es por teléfono, mientras hay colapso en la web...

Mientras tanto, la gente sacaba los esquíes de casa, dispuesta a deslizarse por las nuevas pistas de Madrid. Los snowboards protagonizaron piruetas en los parques en los que muchos habían pasado su infancia. Las batallas de bolas de nieve en Gran Vía, los looks invernales en Tribunal, los vinos y las cervezas improvisadas entre los vecinos en medio de las principales carreteras de la ciudad; las fotos bajo los carteles que ocupan los cinco carriles de la M-30 o las rutas familiares por las urbanizaciones con las raquetas de nieve asombraban por igual a pequeños y mayores, que se fotografiaban en medio de los lugares más famosos e inauditos inundados por la nieve.

El domingo reinicié el ritual: indagar si podía volver. La web, colapsada. La información en las redes oficiales, imprecisa. Así que recurrí a mi ya guardado contacto de Renfe y tras casi media película me respondieron. «El 90% de los trenes no saldrán». Otro billete cancelado. Tras comprobar que para el martes tampoco había nada disponible –sé que no soy la única en esta situación– y con la advertencia a todas voces de una bajada de temperaturas que podría helar todo lo que antes era nieve, mi esperanza es volver hoy, cinco días después de lo previsto, tras comprobar que, una vez más, ni con avisos ni pronósticos, las instituciones son capaces de reaccionar a las consecuencias del cambio climático.

Temas

Comentarios

Lea También