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«Cuando me confiné dejé de comer por miedo a engordar»

Lorena, 20 años y estudiante en la URV: «Cada vez comía menos, no cenaba, me obsesioné». Los trastornos alimentarios en Tarragona se han doblado en adultos y triplicado en menores

Raúl Cosano

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Prácticamente se han doblado los que padecen trastornos alimentarios. Cedida

Prácticamente se han doblado los que padecen trastornos alimentarios. Cedida

Lorena, de 20 años y estudiante en la URV, volvió a casa con la irrupción de la emergencia sanitaria, en el gran confinamiento domiciliario de la primavera de 2020. Ahí empezaron algunos de los problemas. «Me agobié un poco por los estudios, subí algo de peso porque estaba todo el día encerrada, empecé a ver vídeos por las redes pero en general lo llevé bastante bien», explica.

Fue durante el verano, con la nueva normalidad, cuando todo empezó a torcerse. «Los exámenes finales me agobiaron un poco más pero el problema vino sobre todo al curso siguiente. Por problemas personales me obsesioné con el peso», explica esta joven, un caso de libro de los trastornos alimentarios que ha originado la pandemia. «Yo soy muy autoexigente. Hasta ese instante, en mi vida había tenido una relación rara con la comida, pero en ese momento, junto con mi personalidad, todo hizo que fuera a peor. Digamos que tenía todas las papeletas para que me pasara esto».

Lorena se empezó a fijar en lo que hacían los demás, en su entorno. «Me empecé a cuidar más, a hacer mucho deporte. Yo pensaba que lo hacía desde un punto de vista sano. Veía hábitos en otros y me los aplicaba a mí, los iba integrando hasta que se convirtió en algo patológico, en una obsesión, lo hacía todo en modo ritual», reconoce ahora la joven.

«Empecé a bajar cantidades»

No ayudó el contexto. Con el inicio de curso académico, pasó de convivir con su familia a hacerlo en un piso de estudiantes, con menos control y más tiempo en soledad. Sobre el papel su plan no parecía mal, pero la dieta se empezó a descompensar. «Comía más verdura y fruta, cada vez más. Al incrementar esos aislamientos, disminuía las proteínas, los hidratos… Empecé a tener comidas que las prohibía, y ya distinguía entre ‘lo que engorda’ y ‘lo que no’. Empecé a disminuir cantidades, porque cada vez me llenaba antes y sentía pronto que estaba saciada», relata Lorena.

Tampoco contribuyó el deporte, que se convirtió en otra práctica habitual, aunque mal llevada. «Empecé a hacer ejercicio en exceso. Iba al gimnasio cuatro días por semana y además salía casi cada día al anochecer a caminar, a pasear rápido, daba la vuelta a Tarragona casi de forma obsesiva». Lorena bajaba de peso, pero no se sentía bien. «Estaba muy mal, hostil, me encontraba irritable, todo me afectaba. Me decían mis compañeros de piso que no comía y me sentía ofendida. Tenía una percepción muy errónea, lo llevaba todo al extremo, estaba realmente triste y deprimida, y me salía con el mal humor».

Con esa dinámica pasaron meses, que incluyeron también otra señal inequívoca de ese trastorno que se enquistaba: «Cada vez comía menos, a veces no cenaba, pero cuando algunos fines de semana me iba a casa de mis padres, ahí me pegaba atracones. No controlaba la comida».

Lorena recuerda una conversación con una compañera de piso, que le preguntó qué le pasaba con la comida. «No nos entendíamos, porque me decía que yo no comía nada y yo tenía en mi cabeza que sí comía, por los atracones. Estaba muy obcecada. Pensaba que estaba subiendo de peso y en realidad estaba bajando». La patología, con su germen en aquellos meses del confinamiento, se agravó. En enero, la tercera ola de la Covid-19, obligó a más aislamientos, aunque no tan severos, y a restricciones. Por entonces, ella continuaba su enseñanza online. «Me pasaba todo el día en casa y como no seguía una rutina de moverme, no comía porque tenía miedo a engordar», explica.

Ese ha sido el miedo de muchos jóvenes durante esta pandemia. En enero fue a la psicóloga, tras muchas reticencias, y en marzo fue derivada a ITA Tarragona, un centro de salud mental, especializado en trastornos alimentarios. «El primer paso del tratamiento era ser consciente de todo lo que estaba detrás, de ver que había un montón de cosas que había normalizado y que no eran normales, sino patológicas. Hay que tomar mucha conciencia y luego querer cambiar, y aún me cuesta trabajar con esa decisión». A las primeras de cambio, quiso irse: «Estaba obsesionaba, yo pensaba que estaba bien y no me daba cuenta».

Ingresar en un hospital de día

Lorena ha necesitado un ingreso en un hospital de día, en el que ya lleva cuatro meses y medio. «Empecé con consultas externas pero si no ingresas en un hospital no puedes dar el paso para curarte, llega un punto en el que querer controlarlo uno mismo es imposible». Allí está en una rutina firme e intensiva: llega por la mañana, desayuno a las nueve, luego terapia de hora y media, descanso y un tentempié; luego toca otra sesión de terapia, descanso y la comida del mediodía; ya por la tarde, más terapia, merienda y después a casa, donde cenan y comen, cada paciente en su domicilio.

Todo ello se combina con consultas y talleres de autogestión. Ha aprovechado el verano para el tratamiento y ahora, aunque ha comenzado el curso universitario, tiene claro cuál es la prioridad. «Me he matriculado de todas las asignaturas pero si no llego a alguna no importará. Lo voy a intentar combinar, pero sin autoexigirme. Lo primero es curarme», anuncia.

El doctor Juan Pablo Muñoz dirige el ITA, un centro de salud mental en Tarragona. Este servicio tiene a unos 30 pacientes en el hospital de día, y a 90 en consulta. Prácticamente se han doblado los que padecen trastornos alimentarios. Muñoz ha asistido a un incremento marcado de estas dolencias. «Hemos notado un aumento, de perfiles que comenzaron con algo de sintomatología a raíz del confinamiento, pero luego siguió en verano y se agravó después. Hay quien cayó más tarde». Bajadas de peso muy drásticas, situaciones de bulimia, atracones con vómitos o, simplemente, descontrol con la comida, forman parte de estas patologías, que llegan a necesitar internamientos y tratamientos que se pueden prolongar más de los ocho meses.

«Influye el aburrimiento»

¿Pero qué pasó en el confinamiento para que se desataran estas alteraciones? «Una parte tiene que ver con estar mucho más tiempo en casa. Empieza con el miedo a que no estás haciendo nada, a que no te mueves. Te inicias con el deporte y dieta en casa. También influye la rutina del aburrimiento, se obsesionan por el tema, con miedo a subir de peso, y esos comportamientos se van haciendo cada vez más extremos».

«Hemos visto sobre todo incrementos en anorexia, la bulimia está más controlada. Estar más aislados ha hecho a algunos perfiles más vulnerables y les ha costado mucho el regreso a la vida social, se sienten inseguras cuando hay que retomar la normalidad», relata este especialista.

Muñoz sugiere diversas casuísticas: «La mayoría son chicas que eran muy perfeccionistas. Tienen miedo a ganar un kilo más y terminan bajando diez. También pasa al contrario. Hay chicas que tienen algo de sobrepeso, aprovechan para bajar y lo consiguen, pero pierden cinco y luego suben siete u ocho. Fluctúan pero terminan ganando más peso».

El doctor indica que, en el fondo, «buscan una solución en el dejar de comer pero es una opción errónea, porque quieren solucionar problemas emocionales. A veces hay una autoestima baja». Todo eso se suele juntar con periodos de recaídas como pueden ser los veranos o los inicios de curso, además de época como Sant Joan, Año Nuevo o Navidad, donde suele haber reencuentros entre amigos o familiares.

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