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El poder de la ciencia ciudadana

Participación. Los proyectos basados en datos recopilados por la sociedad motivan el interés por la investigación

Sílvia Fornós

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University and research

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¿En qué consiste la ciencia ciudadana?, ¿Cómo se puede fomentar la participación?, ¿Cómo se validan los datos recogidos? A estas y otras preguntas dio respuesta la CEO de Science For Change, Rosa Arias, durante uno de los últimos encuentros de la iniciativa #UnaVentanaALaCiencia de CosmoCaixa. «El término ciencia ciudadana es muy amplio, de hecho hay un debate en toda Europa para definir qué es la ciencia ciudadana, porque va desde la participación voluntaria hasta la generación de datos con valor para hacer avanzar la ciencia», explica la investigadora. Pero el alcance va más allá, llegando –según afirma la experta– «al impulso de proyectos que se generan desde la propia ciudadanía, es decir, que tiene una preocupación y decide que faltan datos para hacer un análisis, por lo que se organiza para crear un nuevo proyecto de ciencia ciudadana».

Sobre cuándo empezó todo, Rosa Arias se remonta a cuando «nos preguntaban si queríamos usar la memoria del ordenador para la ciencia mientras no estuviésemos usándolo», además de hacer mención a que los científicos ciudadanos «siempre han existido, como los agricultores que saben cuándo va a llover y que son observadores del tiempo». La diferencia es que «ahora tenemos más herramientas para hacer estas observaciones de manera más coordinada, ponerlas sobre un mapa y contribuir a que la ciencia avance», asegura la investigadora.

En su opinión, todas y todos podemos ser científicos ciudadanos en cualquier proyecto de nuestro interés. Sobre este punto, la experta resalta que todo el mundo es «capaz perfectamente» de participar y que «ahora tenemos la ayuda de las tecnologías, como los smartphones, desde los cuales se pueden recoger datos a través de diferentes aplicaciones, además de la posibilidad de instalar sensores en casa».

Rosa Arias, CEO de Science For Change, durante el encuentro #UnaVentanaALaCiencia. FOTO: s. fornós

Los datos

En cuanto a la validación y la admisión de los datos recopilados por los ciudadanos, Rosa Arias explica que «su validación es la misma que se hace si tuviéramos datos de estaciones oficiales, porque siempre es un proceso científico». En cuanto a las diferencias entre ambos, destaca la sensibilidad de los sensores o la precisión. «Muchos de los proyectos de ciencia ciudadana relacionados con la contaminación del aire se sustentan en sensores de bajo coste y que te permiten tener distribuida una red que de otra manera no podrías tener», asegura la investigadora.

Como ejemplo explica que en una ciudad puede haber unas seis estaciones de monitorización del aire, «en cambio si tienes muchos sensores de bajo coste distribuidos en muchos puntos obtendrás una información muy interesante, que te permitirá saber desde cómo avanza la contaminación hasta las diferencias entre barrios».

Concienciación

Sobre los beneficios de participar en proyectos de ciencia ciudadana, Rosa Arias asegura que «por un lado, sirven para que la ciudadanía haga ciencia, y por otro para concienciar sobre la importancia de la misma y tener un primer contacto». «Al participar, también te estás educando en ciencia y aumenta tu concienciación. Por ejemplo, si monitorizas la calidad de aire ves como de contaminado está tu barrio y puedes plantearte un cambio en tu manera de vivir, por lo que se empodera a la ciudadanía para medir un problema», añade la experta.

De hecho, Rosa Arias colabora en el proyecto europeo D-NOSES, que pretende elaborar un mapa mundial del olor con la ayuda de los datos enviados por la gente a través de la aplicación Odour Collect. «El olor es la segunda causa de queja medioambiental después del ruido, pero a la vez es muy desconocido porque no hay una regulación al respecto», explica la investigadora, quien hace hincapié en que «tenemos el mejor sensor para medir olores que es nuestra nariz y también tenemos los teléfonos para recoger los datos». «Esta metodología nos permite crear mapas de olores colaborativos y, a su vez, entender los porqués de determinados olores, verificar los orígenes, las actividades emisoras, focos de contaminación, etc.».

En el caso del proyecto D-NOSES, los objetivos son diversos. El primero –menciona Rosa Arias– «es objetivar la contaminación por olores en una zona concreta, el segundo es ofrecer recomendaciones a las industrias para que, mediante buenas prácticas, puedan reducir el impacto, y por último influenciar en las políticas públicas». En este sentido, los proyectos de ciencia ciudadana deben tener en consideración el modelo de la ‘cuádruple hélice’, es decir, la participación de la academia, la administración pública, empresa y personas.

Por último, sobre qué aporta a nivel individual participar en un proyecto de ciencia ciudadana, la investigadora señala que «dependerá del grado de interés». «En el caso de aquellos proyectos que afectan personalmente surge el interés con la intención de mejorar la calidad de vida. Por lo que, de manera colateral, contribuyes a crear interés por la ciencia y aumentando la concienciación».

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