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El vía crucis de Puñet

Empezar de cero. Un accidente de moto al volver del trabajo cambió la vida de este joven tarraconense, el pasado 21 de noviembre de 2018

CARLA POMEROL

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Albert Puñet señalando el lugar del accidente, uno de los cruces de la Via Augusta. FOTO: F.Acidres

Albert Puñet señalando el lugar del accidente, uno de los cruces de la Via Augusta. FOTO: F.Acidres

«Si hace un año y medio, alguien me hubiera dicho que no podría volver a hacer bailar L’Àliga, ni a hacer castells ni a trabajar, le hubiera dicho que estaba loco». Así empieza la historia de Albert Puñet, un joven tarraconense de 35 años que, en noviembre de 2018, su vida dio un giro de 180 grados. Ahora, poco más de un año después, es capaz de recordar el calvario por el que ha pasado. Puñet es empleado de banca de profesión, portant de L’Àliga –una de las bestias festivas más queridas–, actor por afición y, durante dos años, estuvo al frente del comité local del PDeCAT en Tarragona. Hablamos de un persona muy involucrada en todos los asuntos de ciudad. Reconoce que si no hubiera sido por su mujer, no hubiera podido superar el calvario vivido.

Todo cambió el pasado 21 de noviembre de 2018. Puñet salía de trabajar y se dirigía a su casa en moto. Pasaba por la Via Augusta –dirección Llevant–, cuando una furgoneta en sentido contrario giraba para incorporarse a la calle del Bisbe Antoni Deig y lo envestía. «Solo recuerdo chillar con todas mis fuerzas y estar en el suelo con las manos en la cara», explica Puñet. Tres segundos después, un médico, que casualmente pasaba por allí, le atendió, aplicándole los protocolos de lesionados medulares. Una ambulancia lo recogió y lo trasladó hasta el Hospital Santa Tecla.

Tras más de veinte radiografías, los médicos decidieron darle el alta esa misma noche. «Llegué a casa con mucho dolor. Me dolía el cuello, tenía mareos y vértigos», recuerda Puñet. Al tercer día, decidió volver a urgencias. Su estado no mejoraba. «Un Nolotil y a casa», explica que le decían. Y el episodio se repitió en una ocasión más. El dolor era tan insoportable que Puñet se presentó otra vez al hospital bien entrada la madrugada. «Sentía que no era algún hueso roto, me dolía por dentro, el alma», recuerda.

Después de muchas pruebas, los médicos descubrieron que se le habían movido dos vértebras y que una hernia le oprimía la médula espinal. El hospital no podía tratarle. Fue entonces cuando se lo llevaron a Terrassa.

El traslado implicaba un cambio importante en la vida de Puñet, teniendo en cuenta las necesidades de sus dos hijas pequeñas. Su mujer, Sandra, iba y venía cada día. Era el pilar fundamental. «Uno de esos días, me di cuenta de que, cuando juntaba un dedo con el otro, me temblaban. Se lo comenté a Sandra», recuerda Puñet. Y después de la resonancia, llegaba el peor diagnóstico que podía esperar. «Mi hermano se sentó a la cama, junto a mi madre, con rostro serio y me dijo que la prueba no había salido bien», explica. Los médicos detectaron que un disco intervertebral se había roto a pedazos y que necesitaba urgentemente ser operado en el Hospital General de Catalunya. «También me dijo que tenía que ingresar en la UCI porque no podía moverme. Me acojoné», relata Puñet, quien reconoce que fue entonces cuando se hundió.

Sin ser consciente del todo, el protagonista ingresó en la unidad de cuidados intensivos. «De todo lo malo, recuerdo cosas buenas, como por ejemplo, la visita de mis dos hijas. La enfermera procuró tapar tubos, vías y máquinas, y lo organizó todo para que el lugar pareciera agradable. Nos vimos cinco minutos con las niñas. Tenía miedo de no superar la operación», reconoce Puñet.

Finalmente, la intervención se adelantó porque el protagonista empezaba a perder sensibilidad en la pierna izquierda. El riesgo de quedarse en una silla de ruedas o postrado en una cama era muy alto. La operación constaba de sacar el disco roto y poner una prótesis. Pero lo cierto es que los médicos no sabían que se encontrarían al abrir.

La intervención fue un éxito, aunque Puñet confiesa no recordar nada de las horas posteriores. Pasó a planta, donde le acompañaron familia y amigos. «La estancia en el hospital fue muy dura. No tenía fuerzas para levantarme. Cada noticia era peor que la anterior y me deprimí», explica.

Fue entonces cuando se dio cuenta más que nunca de la calidad humana que tenía la gente de su alrededor. «Familiares y amigos venían a darme de comer y de cenar. Mis compañeros aliguers, por ejemplo, me demostraron que somos una piña y que nunca me dejarían caer», cuenta Puñet, quien recuerda la primera vez que se puso de pie tras la operación. «Me aguantaban dos amigos y fui, con el caminador, desde la cama hasta la puerta de la habitación. Hice tanta fuerza... Acabé llorando de la emoción. Lo había conseguido», explica.

El día de nochebuena, Puñet recibió el alta y pudo pasar las vacaciones de Navidad en su casa, con los suyos. Empezaba entonces el proceso de rehabilitación. El 2 de enero, Puñet ingresaba al Institut Guttman. «Acabé cogiéndole mucho cariño a mi compañero de habitación. Entré allí pensando que todo era una mierda. En la Guttman te das cuenta de las realidades tan jodidas que existen», relata Puñet. A principios de febrero, salía del centro para incorporarse a la vida real.

Vuelta a la realidad

Se instaló provisionalmente en casa de sus suegros –imprescindibles para su recuperación– para evitar así las escaleras de la suya. «Es muy duro ver como tu mujer te tiene que duchar. Me sentía un mueble», recuerda. Poco a poco, y con la ayuda de un entrenador personal, de psicólogos, familia, amigos y, sobre todo, de su mujer Sandra, el protagonista de la historia va saliendo adelante. Puñet tiene que ir de por vida acompañado de un bastón que le ayude a caminar. Tiene afectada la movilidad de la parte izquierda de su cuerpo y un dolor neuropático muy fuerte, que no le permite dormir más de tres horas por noche. Puñet se encuentra inmerso en la actualidad en los trámites de incapacidad laboral. No puede ir a trabajar. «Yo vivía por la oficina, no podía faltar ni un día. Y ahora, mira», explica. Pero este tarraconense tiene claro que estas circunstancias no pueden condicionar su vida ni instalarlo en un agujero negro, del que ya ha visto el final en alguna ocasión.

Para él, la Santa Tecla pasada fue muy dura. Nunca se hubiera imaginado no poder hacer bailar a su querida Àliga de Tarragona. Acompañó a la bestia durante todas las fiestas, pero confiesa que no fue lo mismo.

En casi todos los procesos traumáticos, hay cosas buenas, que quedarán para siempre. Ahora, Puñet asegura que valora mucho más su tiempo y que lo dedica, sobre todo, a sus hijas. «Antes siempre estaba trabajando. Me iba de casa cuando las niñas aún dormían, y llegaba cuando casi se acostaban. Ahora, disfruto de ellas», explica el protagonista. Puñet comienza una nueva vida, llena de ilusión. Lo hace convencido de que cuenta con una segunda oportunidad y agradeciendo el papel de los suyos durante su dura recuperación.

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