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Mosén Fort: la historia del ángel de Joan XXIII

Un repaso a su vida. Nació en la calle Santa Anna y pasó su infancia en la Part Alta. Desde hace treinta años, se dedica a hacer más bonita la vida de los enfermos

CARLA POMEROL

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Fort, en la capilla que hay en la sexta planta del hospital. FOTO: PERE FERRÉ

Fort, en la capilla que hay en la sexta planta del hospital. FOTO: PERE FERRÉ

Hace casi treinta años que decidió cambiar la sotana por la bata de médico. En una de las solapas, una cruz y, en la otra, un pin del escudo del Nàstic. En el bolsillo, siempre el busca, y en la muñeca, cuatro pulseras. Hablamos de Xavier Fort, el sacerdote del Hospital Joan XXIII. Su tarea es acompañar a enfermos y familiares durante su estancia en el centro sanitario. Hacerla más amena, menos dolorosa. Mosén Fort –tal como le conoce la ciudad– se vacía de amor al entrar en cada una de las habitaciones y en cada uno de los boxes. Da igual la hora, el día y el lugar. Él siempre está.

Empecemos por el principio. Xavier Fort Subirats nació el 25 de septiembre de 1937 en la calle Santa Anna, en el corazón de la Part Alta. Fue el tercero de cuatro hermanos. Recuerda una infancia feliz, en torno a la parroquia de la Trinitat, en la Plaça del Rei. A los 13 años ingresó en El Seminari para dedicarse a la doctrina católica. «Estuve dos años enfermo de tuberculosis, interno en Casablanca. Al curarme, volví a estudiar», apunta el mosén, quien acabó su formación a los 25 años.

Fort fue destinado inmediatamente a un colegio de Montblanc, donde estuvo poco tiempo porque enseguida decidió ver mundo. «Un compañero quería irse a Filipinas porque un obispo de allí necesitaba sacerdotes. El cardenal no quería que fuese solo y decidí acompañarle. Primero pero, debíamos ir a Estados Unidos –Texas– para aprender inglés», recuerda mosén Fort. Finalmente, por temas burocráticos, los dos curas no consiguieron llegar a su destino.

A su vuelta a Tarragona, el cardenal envió a Fort al Brasil. Fue el sacerdote de los emigrantes españoles durante tres años. Próximo destino: las minas de carbón de Bélgica. «Me abrí camino dando clases de castellano a escuelas. Así, fuimos haciendo grupo», relata el mosén, quien recuerda que, en una vigilia de Navidad, tuvo que intervenir como mediador en el secuestro de un niño. Gracias a él, la historia terminó bien.

La salud de su madre estaba débil y el sacerdote decidió volver a su ciudad de origen. Primero estuvo en el Col·legi Sant Pau y, después, en la parroquia de la Trinitat. En el año 1983, Fort empezaba su aventura en la iglesia de El Serrallo. «La gente de ese barrio es distinta al resto. Allí, todo el mundo se volcaba en las actividades que organizábamos. Esos vecinos me demostraron, por su carácter, que podían conseguir todo lo que se propusieran», explica Fort. El cura encandiló a los serrallencs y tiró adelante muchos de los proyectos soñados, como la reforma de la sala parroquial o la creación de la colla castellera del barrio. Pero la noche de Sant Fructuós de 1988, su vida cambió radicalmente al recibir una brutal agresión en la misma parroquia.

Más que un cura, un amigo

Mosén Fort estuvo un tiempo de baja y finalmente decidió cambiar de aires. Aquí llegó su etapa en el Hospital Joan XXIII, casi de casualidad. «El sacerdote que había antes enfermó y el obispado nos puso a otros para sustituirle. Me di cuenta de que yo era hombre de hospital y que me quedaba aquí, de día y de noche», explica Fort. De eso ya hace casi 30 años. El mosén vive en el sótano y, algún mediodía, va a comer a casa de sus familiares. Eso sí, no se separa ni un segundo del busca. «Nunca de sabe cuando alguien me puede necesitar aquí», explica. Fort está operativo las 24 horas de los 365 días del año. Su labor es acompañar a los enfermos y sus familiares en unos momentos tan duros. «No me ven como un sacerdote que va a despedirse, sino como un amigo que les hace pasar un buen rato», asegura. Sin ir más lejos, hace unos días, una enfermera le llamó porque había ingresado en UCI un joven muy grave, a causa de un accidente. «Estuve toda la noche abrazado a la madre, que estaba desesperada. Le dije que ella le había parido una vez, y que esa noche tenía que volver a parirlo de nuevo. El chico se va a salvar», relata.

Fort no siempre habla. Cuando entra en la UCI, mira fijamente a los pacientes y, mediante un gesto, les hace saber que les lleva en su corazón. Antes de irse a dormir, siempre hace una visita a urgencias. «Les digo a los médicos y a las enfermeras que les quiero, y que valoro mucho su trabajo». Además, cada día, a las seis de la tarde, mosén Fort ofrece una misa en la capilla ubicada en la sexta planta. Los bancos se llenan de enfermos, familiares y «exenfermos».

Para este sacerdote, lo peor de su tarea en el hospital era cuando fallecía algún niño enfermo de leucemia. Ahora, la mayor parte son derivados a Barcelona. «Una de las niñas siempre jugaba conmigo y me hacía de médica. Aún recuerdo cuando me decía: ‘no te rías, que si no te pincharé’, como le hacían a ella. Acabó muriendo y esto es muy doloroso. No se puede aguantar», explica Fort. El mosén de Joan XXIII no piensa todavía en jubilarse. Hace poco ha superado una enfermedad y se encuentra en plena forma. Sin él, el hospital, y también la ciudad, perdería el rostro del amor y de la fe. ¡Larga vida, mosén Fort!

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